El enemigo
Parece que la vida exige de nosotros hasta la última gota de nuestra energía, talentos, atención, tiempo y recursos, todo el tiempo, en todos lados.
Ya sean amigos, familiares, pareja, hijos, grupos, quehaceres de la casa, pasatiempos, el gobierno, la salud, las deudas, las mascotas, el carro, la iglesia, el trabajo, las redes sociales, las metas, las noticias…
A donde quiera que mires, algo o alguien te está exigiendo más. Podemos llamarlos los “demandantes externos”.
Si no cumples con sus peticiones, de repente te conviertes en una persona “no tan buena”.
Pensando que no te queda de otra, terminas cediendo a sus exigencias.
Pero pronto te das cuenta de que te están halando en mil direcciones distintas, siempre con prisa por completar más tareas, siempre bajo presión para complacer a los demás, siempre resolviendo este o aquel problema.
Mientras tanto, te quedas sin tiempo para ti, y sin recibir suficiente a cambio. Poco a poco te vas cansando hasta que finalmente terminas lleno de resentimiento.
Lo sé porque me he encontrado contemplando esta dinámica en mi propia vida. Por ejemplo, yo suelo planificar la próxima semana los domingos.
Básicamente, reviso mi calendario y añado tareas a una aplicación de planificación, organizándolas en categorías predefinidas. Luego le asigno un color: rojo para lo urgente, amarillo para lo importante y azul para lo menos crítico.
Idealmente, las tareas deberían moverse de su categoría específica a la categoría de “EN PROCESO” y, finalmente, a la de “TAREAS COMPLETADAS” (mi favorita, por cierto).
Cada vez que logro, con mucho esfuerzo, mover una tarea a su destino final, sonrío con orgullo y siento un tremendo alivio.
Pero ese alivio dura poco en cuanto miro atrás y veo todas las tareas rojas y amarillas inundando mis listas, burlándose de mí con esa mirada maliciosa. Ese momento a veces… (¿a quién engañar?) casi siempre me hace sentir sofocado.
La lista de pendientes nunca termina. Cuanto más haces, más cosas aparecen, y aparentemente, de la nada.
“Hay tanto por hacer y tan poco tiempo para hacerlo”, es mi pensamiento recurrente.
“¿Cómo se supone que dé más de mí si todos siguen pidiéndome más? Solo puedo dar hasta cierto punto antes de quedarme sin… nada para mí.”, concluyo, resentido.
¿Cúando esto va a parar?
En algún punto, empiezas a preguntarte si esto va a parar alguna vez.
Si tuvieras que adivinar, probablemente estarías en lo correcto al asumir, y aceptar, que este ciclo interminable de cosas y personas exigiendo tu atención siempre existirá. Es inevitable.
Lo peor es que, de alguna manera, sentimos la presión de cumplir con todas esas demandas mientras intentamos no volvernos locos en el proceso.
Y peor aún, cuando por fin decides darte un poco de amor y cuidado, te sientes culpable por “desperdiciar” tiempo, dinero y energía en ti mismo.
O sea, ¿es completamente aceptable entregarte por completo a los demás, pero quedarte con una parte de ti para ti mismo está mal?
Sin embargo, no los culpo.
Si miro dentro de mi corazón, puedo encontrar las razones para perdonarlos, para perdonar todas esas exigencias de los demandantes externos, por más insistentes o ilógicas que parezcan a veces.
Una vez, mientras leía "El origen de las especies" de Charles Darwin, encontré que todos estamos tratando de sobrevivir y aprovechar al máximo nuestras circunstancias. Que, aunque no siempre lo apreciemos, los árboles se encuentran en una guerra constante y silenciosa con otras plantas y árboles para obtener la mayor cantidad de recursos y así prosperar en la naturaleza.
El éxito de los árboles significa que tomaron recursos de su entorno para desarrollarse, pero también significa que ahora están en condiciones de devolver algo a otras plantas, árboles, animales e incluso personas. Así, pues, contribuyen positivamente al ciclo natural de la vida.
¿No estamos tú y yo, como esos árboles silenciosos, tratando también de aprovechar nuestras circunstancias al máximo?
¿Alguna vez te has detenido a pensar que tú también necesitas cosas de los demás, de esos mismos demandantes externos de los que nos estamos quejando?
Eres tu propia responsabilidad
Por muy autosuficiente que creas ser, en algún momento, si es que no lo has hecho ya (lo cual dudo mucho), te acercarás a alguien y le pedirás que te brinde algunos de sus propios recursos limitados: tiempo, energía, comida, dinero, atención, información, servicios, etc.
En este sentido, tú también desempeñas el papel de un demandante externo para otras personas y cosas.
Y, si lo piensas en un sentido más amplio, no hay nada de malo en esta dinámica de intercambio. Das y recibes. Recibes y das.
A veces estarás en el lado de quien recibe y otras en el lado de quien da. Querer mantenerse al margen de esta dinámica es querer excluirse del orden natural de las cosas y, por lo tanto, de la vida.
"Bueno, si esta dinámica de intercambio es tan natural, ¿por qué me agota tanto cuando tengo que responder a las demandas externas? ¿Se supone que debe doler tanto?"
La razón es simple: lo más probable es que no estés poniendo límites.
Sigues poniendo las necesidades de los demás por encima de las tuyas de manera indiscriminada, minimizando las tuyas propias.
Pero no puedes dar lo que no tienes.
Al no tomarte un momento para recargarte, le estás haciendo un daño tanto a los demás como a ti mismo. A los demás, porque les das solo las sobras de ti, dejándolos insatisfechos; y a ti mismo, porque no te queda nada en ti para disfrutar ni sentir paz.
El malestar emocional que sientes es tu propio ser alertándote de que hay un desequilibrio en tu dinámica de intercambio que necesita ser atendido.
Por lo tanto, por incómodo que te resulte, creo que sería preciso decir que, en gran medida, eres el principal responsable del malestar emocional que experimentas al enfrentarte a las solicitudes de los demandantes externos.
Si bien es cierto que hay demandas externas inevitables, impuestas casi por obligación y que no siempre son agradables de cumplir, también es cierto que muchas otras son autoimpuestas.
No estás obligado a cumplir cada solicitud, o al menos, no de inmediato.
Y aun así, sigues aceptando cada petición que te llega y acumulándola en tu lista de pendientes, junto con muchas otras que esperan ser resueltas.
Cuando la presión se vuelve insoportable, entonces te resientes porque todos siguen pidiéndote más, pero no parecen preocuparse por tus propias necesidades. "Son tan desconsiderados.", piensas... "¿Acaso no ven que yo también tengo problemas con los que necesito ayuda?"
La dura verdad es que no es responsabilidad de los demandantes externos asegurarse de que estés bien o de que tengas suficiente de ti mismo para poder darles algo de ti.
Es únicamente tu responsabilidad honrar tus propios límites y hacerlos saber para así preservar tu bienestar.
Como solicitantes, los demandantes externos simplemente están cumpliendo su rol en la búsqueda de satisfacer sus propias necesidades.
Como dador, tú también debes cumplir tu rol y decidir si puedes y debes cumplir con su solicitud. Si no puedes o no debes, entonces no lo hagas.
Mientras tanto, recuerda: si aún no ha sucedido, en algún momento te tocará a ti jugar el papel de demandante externo también.
Es lo que es
Algo a tener en cuenta para evitar frustrarte con esta dinámica de intercambio es lo que sugiere el autor Robert Greene en su libro "Las leyes de la naturaleza humana": acepta a los demás como un hecho objetivo, tan neutral como las estrellas y las plantas; simplemente existen.
Explica el autor que la principal causa del sufrimiento emocional en nuestras interacciones con los demás es que los juzgamos. Queremos que piensen y actúen de cierta manera, como nosotros.
En otras palabras, queremos que los demás sean lo que no son y que nos den lo que no pueden o no quieren darnos.
Por lo tanto, deja de pensar que los demás están obligados a preocuparse por ti de la misma manera en que tú te preocupas por ellos. Hacer más por ellos no hará que vean el esfuerzo y el dolor detrás de tu sonrisa.
Si se preocupan por ti de la misma forma en que tú lo haces por ellos, excelente; agradécelo. Si no, también excelente; acéptalo como un hecho neutral y, como los árboles silenciosos, sé proactivo en encontrar otras maneras de satisfacer tus necesidades.
De lo contrario, podrías quedar atrapado en un ciclo agotador: aceptando más peticiones de las que realmente puedes manejar o sintiéndote deprimido por la "injusticia del mundo".
¿El fin del mundo?
Entiendo, sin embargo, por qué algunos caemos en esta trampa.
Primero, decir “No” es incómodo. A veces porque tienes miedo y otras veces porque amas demasiado a la persona que te lo pide.
Evitas decir la verdad (que no puedes o no deberías aceptar esa petición, o al menos no en este momento) aunque eso signifique que luego sufrirás en silencio o que, a la larga, terminarás hiriéndolos por no haber sido honesto desde el principio.
Segundo, es más fácil dejar que los demás te controlen con sus demandas. Te libera de la carga de tomar responsabilidad sobre tu propia vida.
Establecer tus propios términos da miedo. De repente, te conviertes en el culpable cuando las cosas salen mal.
Pero cuando son otros quienes controlan tu vida y las cosas salen mal, te sientes justificado para culparlos a ellos y así te liberas de la culpa de haber actuado de manera irresponsable contigo mismo y con los demás.
Por ejemplo, durante las últimas semanas me sentí molesto porque sentía que ciertas responsabilidades me estaban pidiendo demasiado, impidiéndome tener tiempo para bajar revoluciones y hacer arte.
“¿Cómo pueden hacerme esto? ¿Por qué no me dan un respiro para hacer lo que quiero?”, me repetía, mientras pensaba en el "egoísmo" de quienes demandaban mi atención.
Hace dos o tres días decidí que ya era suficiente y que iba a dibujar de todas formas.
Fui al parque y, después de encontrar un buen lugar bajo los árboles, saqué mi libreta y empecé a dibujar por varios minutos.
Mientras hacía arte, logré traer mi atención al presente y darle paz a mi mente, aunque solo fuera por un momento.
Pero fue ese breve momento el que me recordó que estaba bien detenerme y respirar, sin necesidad de justificar mi existencia cumpliendo con las demandas de otros. Que atender mis propias necesidades no solo era razón suficiente, sino que era algo obligatorio para mi bienestar.
Cuando sentí que mi sesión de arte había sido suficiente, me levanté y volví a casa.
Milagrosamente, mi vida en casa no se derrumbó en mi ausencia por mi "acto egoísta" de querer redirigir algo de mi energía hacia mí mismo, en este caso, para hacer arte.
Curiosamente, como resultado de haber invertido en mí mismo, me sentí más motivado para seguir cumpliendo con mis responsabilidades.
El mundo no dejará de funcionar porque decidas tomarte un momento para ti. No eres tan especial; nadie lo es.
Solo tú eres responsable de cuidar de ti mismo.
Conclusión
Espero que, llegado a este punto, te haya convencido de que no eres menos valioso por querer redirigir algo de tu energía hacia ti mismo. Esto no es un acto egoísta, al menos no en la forma en que lo has estado pensando. Es un acto de respeto propio.
En última instancia, es un acto de amor, tanto hacia ti como hacia los demás.
Tomarte el tiempo para recargar energías evitará que termines dando a otros desde el resentimiento o el agotamiento. En cambio, te permitirá ofrecer y atender las demandas externas de forma intencional, no reactivamente.
Recuerda, el momento perfecto para atender tu bienestar no existe. Si lo dejas al azar, tu agenda siempre estará llena de demandas externas.
Debes hacer el tiempo y crear el espacio para atender tus propias necesidades, tomando la iniciativa de establecer y respetar tus límites.
Si no asumes la responsabilidad de tu bienestar, lo más probable es que nadie más lo haga.
La verdad es que no estás en guerra con quienes te demandan cosas. Ellos no son tus enemigos.
Tu verdadero enemigo es la falta de límites y de respeto por ti mismo.
Como también se menciona en el libro de Robert Greene al que se hizo referencia un momento atrás, no se trata de cambiar a los demás, sino de cambiar la dinámica con los demás.
A veces das, a veces recibes. Es una dinámica natural de intercambio que forma parte de la vida.
Como los árboles silenciosos en el bosque, tu capacidad de dar depende de qué tan bien cuides de ti primero.
Autor: Jason Berberena
Escritor, artista visual, y co-fundador de Kreation Artzone